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UN PROYECTO DESDE UN CLAUSTRO DE PROFESORES PARA TODA LA COMUNIDAD.

Estamos convencidos de que no existen técnicas, ni programaciones, ni estrategias hábilmente concebidas y meticulosamente desarrolladas que puedan superar la capacidad de transmisión que confiere a un docente su notorio amor al conocimiento. Hagamos memoria de los que fueron nuestros profesores y convendremos en que los mejores fueron siempre los verdaderos enamorados de su materia.

Son pocos quienes de entre nosotros han apostado abiertamente por la divulgación de su obra. Quien más quien menos va acumulando sus pequeños trabajos de investigación, sus escritos sueltos, sus notas, sus esbozos, sin la intención o sin la determinación de mostrar a nadie el fruto de su creatividad y de su constancia. Palabras de especialistas para, en la mayoría de los casos, nunca ser leídas: gestos solitarios ante el espejo, enternecedoramente humildes, pero carentes de algo que esas mismas palabras reclaman por su propia naturaleza: un acto de comunicación. Un hecho social.

La publicación “Rodrigo Caro” inició su periplo por las rutas fractales del conocimiento sin más pretensión que la de publicar, sin ostentaciones pero con calidad, la mayor parte posible de los tesoros ocultos de nuestro profesorado. Queremos desempolvar los legajos amarillentos que nuestros claustrales almacenan sin duda en algún cajón de cierto viejo mueble de su guardilla o en cualquier carpeta eléctricamente amarilla del escritorio de su portátil. Queremos que todos los colegas, y también sus alumnos, y todos los miembros de la comunidad que lo deseen, accedan a los tesoros que avaramente han ido amontonando.

Desde el año 2008 hemos sacado cada año una tirada reducida en formato de libro (entre ciento cincuenta y doscientos ejemplares). A partir de ahora pretendemos, sin renunciar al papel, ampliar en la red el alcance de nuestro trabajo.

Queremos creer que lo que esta publicación pretende viene a rescatar un enfoque nunca olvidado de lo que ha de ser un Instituto, por encima de perspectivas simplistas que lo consideran una mera guardería de adolescentes o una fábrica de títulos: un lugar donde la inteligencia muestra su vitalidad, donde el pensamiento y la inquietud por conocer no necesitan ser justificados porque constituyen valores en sí mismos. No es tarea fácil recuperar esta imagen ante todo un pueblo avocado al escepticismo ante lo intelectual, ni se ha de conseguir con sacar algún que otro libro de vez en cuando. Nos conformamos, por ahora, con sugerir un ángulo más, una postura más de ser Claustro, una mirada a compartir.

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